A modo de conclusión

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Es célebre el heresiarca de Uqbar que consideró abominables los espejos y la cópula, porque ambos multiplican el número de los hombres. Menos famosos son los sacerdotes jasconios, que vigilaban la regularidad de las mareas, según un precepto de su religión que afirma que la repetición no es natural, sino que está auxiliada por los dioses. Hay algo absolutamente fascinante en que a una cosa le suceda otra, y a esa otra, una más. Este mecanismo simplísimo parece, además, la fórmula más sencilla para crear el orden: añadir lo igual a lo igual.

No hay que molestarse mucho en justificar el carácter misterioso de la repetición y su importancia en nuestra historia, no en balde sustenta a las religiones antiguas, pero también a la industria. Sospecho que ambas descubrieron el profundo carácter tranquilizador de este mecanismo. El ritual (la precisión exactísima en los gestos agradables a los dioses) compromete el porvenir a través de un contrato que obliga a ambos; iguala, siempre que cada vez sea idéntica a la anterior, al oficiante y al dios. La industria funciona con un argumento similar: la dominación de lo disímil, lo heterogéneo y lo múltiple trasmutado una y otra vez en lo mismo. En cierto sentido, la repetición pretende, a través de la redundancia y de la monotonía, la abolición del tiempo, y por eso nos reconforta (siempre hemos pretendido, de algún modo, la eternidad).

El heresiarca de Uqbar no tuvo en cuenta el abismo que separa la repetición del espejo de la de la cópula. Mientras la primera se contenta en su estatismo, la otra tiene ansias expansionistas. A una progresión se le tolera casi todo, siempre que lo haga con un criterio razonable, esto es: perseguible. Entender por qué se despliegan las cosas (una preocupación genealógica) es de una humanidad enternecedora. En el mejor de los mundos posibles, que es sin duda un mundo demostrado geométricamente, las secuencias serían estrictísimas: si conociésemos el orden interno que las mueve podríamos prever todas las consecuencias de antemano. La culpa, la naturaleza caída o la entropía nos han privado de vivir en un mundo parecido a la música de Bach. Abandonados en este hábitat contingente, podemos darnos sin remilgos moralistas a una afición morbosa: disfrutar de las desviaciones y de las mutaciones. Es un regocijo más bien cándido: la disonancia sólo existe gracias a la armonía. El orden prevalece incluso en las transgresiones.

Si desconfiamos del tiempo circular y del eterno retorno, podemos, en contraprestación, exigir finales. Se cuenta la anécdota (probablemente sea apócrifa, pero esto es irrelevante) de que Bach, en su agonía, oyó a uno de sus hijos parar a mitad de una pieza para clave. El músico se levantó de la cama, se sentó en la banqueta y la terminó. Lo inconcluso es sospechoso, casi amenazante: reclamamos conocer sus intenciones. Puede probar usted mismo esta punzada de la ansiedad: tararee la escala de do y párese en el la. ¿Lo nota? Sienta sobre sus hombros el peso de la teleología, del principio de razón suficiente, del ex nihilo ad nihilum, del «la naturaleza no hace nada inútil». Siéntase, con firmeza, con alegría, heredero de la larga estirpe de los neuróticos.

***

Esta exposición explora distintas aproximaciones a las ideas de repetición, de secuencia y de conclusión. Las obras que conviven en ella abordan las ideas de ciclo, de ruido, de interrupción, de disonancia, de autoconclusión, de pérdida. Preferimos no hacer exégesis de las obras ni de su disposición: si el riesgo de tratar conceptos tan gigantes es la pérdida de precisión, la ventaja es la sugerente abundancia de interpretaciones. No hay otra pretensión curatorial que no sea estética. Para deshacer ilusiones de rigor y de ciencia valga este texto, plagado de argumentos deficitarios, asociaciones injustificadas y argumentos falaces.

 

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A modo de conclusión| Ana de Fontecha, José Díaz, Víctor Santamarina, Mar Cubero, Antonio Ballester Moreno; comisariada por Joaquín Jesús Sánchez

En Espacio Valverde, hasta el 22 de julio.

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