Una verbena en el vertedero

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«Decimos frecuentemente que la violencia es “irracional”. Sin embargo, no carece de razones; sabe incluso encontrarlas excelentes cuando tiene ganas de desencadenarse. No obstante, por buenas que sean estas razones, jamás merecen ser tomadas en serio. La misma violencia las olvidará a poco que el objeto inicialmente apuntado permanezca fuera de su alcance y siga  provocándola. La violencia insatisfecha busca y acaba siempre por encontrar una víctima de recambio». La cita es de René Girard y está en las primeras páginas de La violencia y lo sagrado.

Pocos temas tan fascinantes como la violencia. Supongo que Alberto Velasco y María Velasco, director y dramaturga de Escenas de caza, también comparten esta opinión. La obra, que se estrenó el pasado 6 de febrero en el teatro Pavón Kamikaze, es un encadenado de todas las oportunidades para la violencia que nos ofrece la vida cotidiana. Lo hace a través de números sueltos (de escenas), hilvanados por la historia de un joven que regresa a su pueblo natal en el momento de las fiestas mayores. Las estampas no están escogidas con sutileza: los sanfermines, la violencia animal (las matanzas), la violación, el acoso escolar, la xenofobia, la Manada, las rencillas locales, las redes sociales… La obra comienza con un soliloquio de un señor con bigote que lleva la espalda llena de flechas. Dice que siempre hemos sido cazadores y que siempre estamos esperando a la presa. El texto, ya lo sospechamos en este comienzo, es de trazo grueso. El actor habla de manera muy afectada, el tono recuerda a la voz que tiene Robert De Niro en castellano.

Hay que reconocer que la obra pretende escenas simbólicas, pero funcionan regular. En cierto momento, una actriz con mallas grita «concurso de recetas» y explica, con chistes sobre la izquierda y chistes sobre la derecha (incluso hay cameo del 155), cómo cocinar al pueblo (¡a España!). Luego se pone unos auriculares y comienza a cocinar panceta (la sala se llena de un tufillo a tocino) mientras suena el «Se tu m’ami, se tu sospiri». Los actores, que han estado mirando atónitos a la cocinera, iluminada como por una luz sacral, se van levantando. Toda la obra sucede entre basura. En ese momento piensas: les va a dar de comulgar panceta. Efectivamente. Casi al final de la obra están a vueltas con el asunto de las matanzas. Antes hemos sabido que uno de los personajes es la tonta del pueblo y que los hombres abusan de ella. Después de presenciar una danza macabra (con una buena dosis del baile de San Vito) alrededor de un cerdo gigante puesto sobre dos mesas de terraza, una mano sale del vientre del animal. Cae una chica desnuda, esta de la que les hablaba. Al final, el chico que había vuelto al pueblo, y del que todo el mundo sospechaba (¿por qué habrá vuelto? ¿Qué habrá estado haciendo por ahí? ¡Siempre ha sido raro!) es perseguido por una muchedumbre que lo apunta con teléfonos móviles. Él tiene un aparte en el que dice cosas como «Tengo una maleta cargada de cristales, de fruta podrida y de amapolas». O «Me gané mi hombría diciendo no».

Es peligroso enfrentarse a un gran tema sin afinar mucho el enfoque, porque se corre el riesgo de hacer una versión tosca de Dogville. A todo el mundo le suena la cantinela de que el hombre es un lobo para el hombre. Con eso solo no basta.

 

 

Escenas de caza, en el teatro Pavón Kamikaze hasta el 18 de febrero
Dirección de Alberto Velasco y dramaturgia de María Velasco.
Producida por Malditos Compañía.
Con Carmen del Conte, Karmen Garay, Rubén Frías, Borja Maestre, Sara Párbole, Txabi Pérez, María Pizarro-Pérez, Julio Rojas y Sam Slade.
Escenografía de Alessio Meloni.

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