Hay casas y aceras, pero todo confuso

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(c) Javier del Real | Teatro Real

Anoche, el Teatro Real estrenaba, con dos temporadas de retraso, La ciudad de las mentiras, una obra de Elena Mendoza (Sevilla,  1973) escrita sobre textos de Juan Carlos Onetti. La razón de la demora (la obra es un encargo de Mortier) es económica: el teatro no podía afrontar el coste (y el riesgo) de esta producción, hasta esta temporada.

En la obra convergen cuatro cuentos de Onetti protagonizados por mujeres. Son cuatro historias trágicas, claro, como manda el autor. Dorotea Muhr, la viuda del escritor, bromeaba en la rueda de prensa: «Habrá alguna [historia feliz], equivocada». Los cuentos (Un sueño realizado, La novia robada, El infierno tan temido y El álbum) ocurren en Santa María, la ciudad inventada por Juan María Brausen, el protagonista de la novela La vida breve.

«En Santa María nada pasaba, era otoño, apenas la dulzura brillante de un sol moribundo, puntual, lentamente apagado. Para toda la gama de sanmarianos que miraban el cielo y la tierra antes de aceptar la sinrazón adecuada del trabajo. Nada sucedió en Santa María aquel otoño hasta que llegó la hora –por qué maldita o fatal o determinada e ineludible–, hasta que llegó la hora feliz de la mentira».

Aunque en el programa de mano lo que aparece debajo del título es el nombre de la compositora, Elena Mendoza dejó bastante claro que ella Matthias Rebstock trabajan conjuntamente, hasta el punto en que la dramaturgia modifica a la música y la música a la dramaturgia. Es conveniente fijarse en que la obra lleva por subtítulo «Teatro musical en quince escenas». Y es que lo que el espectador va a ver se parece mucho más a lo que entendemos por teatro que por ópera. Sobre el corte vertical de una casa, que en realidad es la ciudad entera, los personajes van tejiendo las historias. Los personajes no sólo son (como suele ocurrir) cantantes, sino también actores e instrumentos. La orquesta, dirigida por Titus Engel, tiene dos sedes: el foso y el palco real. Por supuesto, los instrumentistas practican, según necesidad, esto que ha venido en llamarse «técnicas extendidas», que dicho entre ustedes y yo, es tocar los instrumentos de una manera poco convencional: el piano golpeando las cuerdas con la mano, el acordeón como si fuese un fuelle, el metalófono con el arco de un violín.

Mucho me temo que no tengo los elementos de juicio adecuados para enfrentarme a un espectáculo como este, así que me abstendré de hacer valoraciones, juicios, sentencias y demás prerrogativas del oficio de crítico. A mí (esto es todo lo que puedo decir) el espectáculo me pareció interesante. Dramáticamente es muy atractivo (la puesta en escena es notable) y el trabajo de los intérpretes es colosal. El percusionista que es también el camarero (Tobias Dutschke) es formidable (tiene por instrumentos el menaje de la barra del bar). Creo que comparto esta opinión con la mitad del público del estreno, porque la otra mitad lo silbó. Una señora, mientras salíamos, le decía a una amiga «¡Pues ha sido mucho peor de lo que me habías dicho!». Más allá de la reacción del público a nuevas propuestas (esto da para un artículo más largo y con más chistes), me pregunto si esta propuesta es apropiada para un teatro de temporada de las dimensiones del Real.

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(c) Javier del Real | Teatro Real

La ciudad de las mentiras estará en cartel los días 21,  23, 24 y 26 de febrero. Es una lástima haber tenido que escribir tan pronto sobre ello, tengo la impresión de que me faltan bastantes días para terminar de digerirla.

 

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