Buenos tiempos para el cartógrafo, malos tiempos para la humanidad

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Una de las ventajas de escribir en tu blog es que puedes darte algo de tiempo. Anoche había comprado una entrada para ver El cartógrafo, la obra de Mayorga que están representando en el Matadero Blanca Portillo y José Luis García-Pérez. Pensé en escribir un par de cosas al llegar a casa, pero estaba tan aturdido que decidí dejar tiempo de por medio.

Una sinopsis: Blanca, la esposa de un funcionario de la embajada española en Varsovia, se encuentra con una historia singular. Durante el gueto, un cartógrafo anciano e inválido había dibujado un mapa, auxiliado por su nieta. La historia de la reconstrucción del mapa (o de la búsqueda y del hallazgo), es la trama de la obra, que es un mapa de esa persecución.

La historia se desdobla, y se explica en paralelo a la historia de los buscadores, la historia de los artífices. ¿Por qué es importante el mapa? Porque el mapa crea el mundo. Enmarca lo informe y le da sentido. Los países, dice el personaje en un punto, son el mapa del país. La historia de un hacedor de mapas («el cartógrafo» es un título que ya, quizás por su sonido, tiene su propia solemnidad) es interesante. La historia de un cronista del gueto de Varsovia es desoladora. El mapa es, en este punto, no sólo un elemento de resistencia («esto es lo que pasó»), sino un instrumento de apropiación del espacio: los judíos polacos dibujan el espacio que les pertenece, aun con la ocupación, aun con la muerte. Lo arduo es, por supuesto, la tarea de discernir lo que debe perdurar y lo que no. «Deffinitio est negatio» le repite al abuelo a la nieta: el mal cartógrafo quiere ponerlo todo.

Mayorga es muy inteligente y muy sutil. Deja pistas, no aturulla al espectador, no necesita hacer alarde de su brillantez. Siguiendo estas miguitas, a uno le resuenan, durante la función, Tlön (un libro que define un mundo, pero un libro que no existe), el cuento de los cartógrafos que hicieron un mapa que coincidía puntualmente con el imperio, que «las generaciones siguientes entendieron que ese dilatado mapa era inútil y no sin impiedad lo entregaron a las inclemencias del sol y los inviernos», a Merleau-Ponty y la Fenomenología de la percepción, Guy Debord y el situacionismo, Oscar Wilde y «Un mapa del mundo que no incluya la utopía no es digno de ser mirado». De cualquier modo, siempre sospecho que las referencias que encontramos tienen más que ver con nuestras lecturas que con las de los autores.

«Ya entonces se oía esa historia. Iban a hacer una película, pero creo que es mejor una obra de teatro. Una obra en la que no aparezca el mapa, que la obra misma sea un mapa». Esta idea se muestra con delicadeza: los actores limitan la escena poniendo marcas de posición en el suelo. Se miran y deciden modificar la escenografía. Se rompe la cuarta pared. La escenografía es muy limitada: unas sillas, unos taburetes, unos lápices, un gorro, un bolso, un cuaderno de dibujo, una lupa, unas gafas, una mesa, unos cigarrillos y una transparencia. Casi todo rojo. La obra exige al espectador que construya (que imagine) el escenario, y que siga, a través estos pocos elementos escénicos, la pista de las historias, que no las amalgame. Parece claro el enorme esfuerzo que recae sobre los actores, que tienen que cambiar una y otra vez de personaje y hacerlo con solvencia y con agilidad. Además, se añade el crescendo emocional. Ahí está muriendo gente: estamos en el gueto de Varsovia. Hay que agradecer a los actores, llegados a este punto, que rehuyan el patetismo: las historias trágicas pueden convertirse en un melodrama a poco que uno se descuide. Pero la tensión está perfectamente medida (descomprimida de cuando en cuando con algún pequeño chascarrillo), lo justo para que conmueva, no demasiado como para que sea sórdida. Yo no sé apenas nada de teatro, pero me parecen dos interpretaciones formidables.

Una cosa me desconcertó: casi al final, aparece una historia personal (una desdicha) de Blanca y el funcionario, que por mucho que me esfuerzo no logro entender. No parece necesaria, emborrona más que otra cosa. Pero esto carece de importancia ante la rotundidad de este texto y el oficio portentoso de sus intérpretes.

Llegando a casa (quizás por esto no escribí), no pude sacarme de la cabeza una pregunta. Es cierto que la obra no juzga, simplemente cuenta (va de cartógrafos, no de maestros de moral). En un cierto punto, el anciano cae en la cuenta de que, según las medidas que del muro le da la nieta, desde un segundo piso los habitantes de la zona aria ven lo que pasa allí dentro: como los que vemos la función. Uno quiere pensar que es distinto (de algún modo superior) a los habitantes arios de Varsovia. Lo piensa desde la butaca. Que sin duda hubiese hecho algo heroico. ¿Verdad?

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