El irresistible encanto de sentirse español, español

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Hace unas semanas llegaron los de VOX a un despacho de la Asamblea de Madrid. «Esto hay que grabarlo» se oye decir al que, de hecho, lo está grabando. Vídeo en vertical. Se ve a un señor peinado con cortinilla quitar un cuadro donde se lee «Todos somos iguales ante la ley» sobre un enorme signo de interrogación y cambiarlo por uno del rey. Los comentarios de los espectadores de la gesta (¡busquen el vídeo!) son deliciosos. Los peligros, reconozcámoslo, son innumerables: la traicionera alcayata, resolver el acertijo de si el cuadro está al derecho y el revés, el difícil arte de no dejarlo torcido…

El vídeo, la verdad, es una síntesis perfecta de este nacionalpopulismo carpetovetónico que nos crece bajo los pies: el orgullo descomunal por cosas nimias, la gesticulación exagerada y el vivan las caenas. Los fachas, si se fijan, están siempre muy alegres. Hay que regocijarse mucho por haber nacido en un sitio, por las tradiciones y por don Pelayo. Esencialmente, hay que disfrutar de las cosas que te vienen dadas, no seas que las que tú consigas no sean muy allá. Es como aquel chiste de Les Luthiers en el que unos marineros torpones no saben cómo enfrentarse a un barco pirata: «¡Piensa en el pasado de España!». Todas las ideologías necesitan mitos fundacionales. Sirven las tradiciones germánicas atávicas (que consisten esencialmente en eviscerar conejos y buscar raíces en la tierra helada), las singularidades del RH negativo, la guerra de 1714 o la desternillante historia de cómo un montón de garrulos norteños se agarraron a una cruz y la emprendieron montaña abajo. (Recuerden, queridos niños, que todo nacionalismo es de fachas). Toda mitología que se precie es inevitablemente falsa pero atractiva; sencillita, ¡comunicable! Tu colega el oligofrénico también tiene derecho a entonar los vivas a la patria. Por supuesto (lo digo ahora y ya nos lo quitamos de encima), para alegrarse con estas fruslerías hay que ser, fundamentalmente, muy ignorante. Gozarlo muy fuerte con el descubrimiento de América es tan imbécil como lamentarlo. (Leo que un concejal de extrema necesidad ha quitado un busto de Abderramán porque quieren símbolos que unan, no que dividan. Es todo tan grosero que da asco). Aun así, admitamos la utilidad de estas chucherías identitarias: uno puede deslomarse trabajando diez horas al día con un contrato a media jornada, pero cuando vuelve a su bajo interior mohoso de veinte metros cuadrados tiene el poderosísimo consuelo de sentirse español. Otro puede ser un arribista que suma contándose los dedos, pero grita Dios, patria y fueros y se convierte en un habilidoso estadista relleno de sentido común. ¿Para qué fijarse en unas pequeñas mordiditas de nada cuando se está haciendo país?

Aquí unas pistas para reconocer a un filofascista en unos sencillos pasos. Observe si el especimen siente amor por esencias inmemoriales y tradiciones milenarias, si piensa que todos los problemas que afligen a la patria son causados por los okupas, algún enemigo que tenga retintín soviético, las malvadas feministas o los pérfidos inmigrantes y si, finalmente, propone medidas testosterónicas (orden, mano dura, etcétera) y simples y razonables para arreglar problemas complicadísimos. Tiene que ser reconfortante tener todas las respuestas y además ser un hidalgo, ¡un cristiano viejo! «Oiga, mire, que resulta que tenemos un problema de natalidad gravísimo» ¡España! «Disculpe, es que la gente está palmando cuatro años antes porque está respirando cieno». ¡Las tradiciones! «Lo del paro juvenil…» ¡El sentido común!

Los símbolos son muy útiles para rellenar los huecos de una ideología que no pasa de una cuartilla de texto. Fernando Sánchez Dragó le preguntó a Santiago Abascal que qué propuestas tenía en materia de política internacional y el animalito le contestó que ya encontraría asesores para esas minucias. Es verdad, es una carencia grave, pero… ¿y lo bien que da Santi en plano galopando al lado de Morante de la Puebla? Patillas, caballos, toros, gomina, dehesa, ¡olor a macho! ¿Y qué me dicen de su memorable retrato asomado a una ventana con un morrión, como si viniese del sitio de Breda? Es curioso que alguien que habla tanto de la Reconquista tenga una pinta tan parecida a la del visir Iznogud. Ortega Smith (con ese apellido tan español no será) ha firmado los papelotes del pacto para la alcaldía de Madrid con un bolígrafo con los colores de la bandera de España y con el pin del partido, que tres cuartos de lo mismo. Todo esto, que nos lo estamos tomando a pitorreo, tiene un peligro tremendo: si consigues una causa lo suficientemente noble que defender, todas tus majaderías quedan perdonadas. ¿Cómo comparar esa minucia de la burbuja inmobiliaria con la libertad o la salvaguarda de la reserva moral de Occidente? Las grandes causas son muy acaparadoras: te pones a salvar el mundo y no tienes tiempo para arreglar lo del paro.

En estos meses hemos recogido gansadas deliciosas. Entre lo de considerar a un feto como miembro de una familia numerosa, lo de llevarse a los sodomitas a la Casa de Campo y el vitoreo al diésel, no sé con cuál quedarme. Sin embargo, hay ocasiones en las que agitar la banderita no te hace parecer menos imbécil. Entonces hay que recurrir a la artillería pesada: es que nos persiguen. Esta treta me sulibeya los perjúmenes. Un fulano puede salir a decir que está a favor de que los padres puedan llevar a sus a sus hijos a terapias de reorientación sexual o que a ver si vamos echando a todos esos moros que no dejan de llegar y que te ensucian las playas muriéndose y no le tiembla ni la ceja. Pero oiga, si yo escribo aquí que esto se le ocurriría solamente a un homófobo de mierda y a un xenófobo repugnante… ¡los estoy persiguiendo! Claro, es que ellos defienden las libertades individuales y yo soy un peligroso bolchevique liberticida. ¡Qué disgusto le voy a dar a Losantos! Esto tiene la misma coherencia argumental que todo lo demás: el derecho a ir en coche a por el periódico (¿se acuerdan cuando Esperanza Aguirre decía que había una persecución contra los automovilistas?) está por encima de la salud de todos, porque los derechos colectivos son cosa de comunistas. El derecho de los padres a que su hijo no sea maricón al del chiquillo a ser lo que es. La libertad de pagarse uno el médico contra la sanidad universal. Todo así.

Hace unas semanas, Bob Pop, el afamado crítico cultural, me advertía con una cerveza de por medio de un riesgo que yo no había contemplado. «La ultraderecha ha roto la solidaridad de la clase obrera». Tu vecino, el albañil del quinto o la cajera del tercero, puede ser un votante de VOX. Estos recursos políticos tan groseros son tan nocivos porque son así de eficaces. Recuerden que en la campaña electoral llegaron a decir que en Sevilla los toros y la Semana Santa estaban en peligro si gobernaba la izquierda. ¡En Sevilla! Agitando los espantajos adecuados se puede convencer a gente que no tiene para pagarse un seguro sanitario de las bondades de privatizar la Seguridad Social. (Tampoco hay de qué asombrarse: ¿no se acuerdan de los inmigrantes latinoamericanos que votaron a Trump?).

El gran triunfo de la ultraderecha ha sido abrir la compuerta de las barbaridades en nombre de la libertad. Desde «es que ya no se pueden hacer chistes de gangosos» hasta «los inmigrantes nos quitan el trabajo». Llevar la conversación de los cafés, como decía VOX, al Parlamento, obviando que si uno dice según qué cosas en privado es porque sabe que no son para decirlas en público, porque la sociedad no te las va a tolerar. Es el florecimiento de esas sanas tertulias familiares en las que se desacredita a alguien mandándolo a fregar. Gente que quiere decir lo que le salga de los cojones, como ha hecho siempre, porque jamás han tenido la experiencia de tenerse que callar nada, sino más bien de hacer callar a los demás. Esa es su libertad.

Artículo publicado en el nº 72  de tintaLibre
septiembre 2019

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