Arvo Pärt y la belleza

Vengo de oír a Arvo Pärt en el Auditorio Nacional. La Orquesta Nacional de España lo homenajea con tres conciertos de abono y uno próximo, la Carta Blanca, el día 14. En estos años he estudiado mucho la música de Arvo Pärt pero nunca lo había oído en directo. Estoy conmocionado.

He leído estos días en algún periódico que la música de Pärt es austera (incluso espartana): ni por asomo. La música de Pärt es fundamental, radical, y la ascesis, que se manifiesta en el empleo de los elementos esenciales de la música tonal (la escala diatónica y el acorde tónico) es un medio para encontrarse con algo profundo y emocionante, que es la belleza con la que Arvo Pärt identifica a Dios. Por eso la música del compositor estonio no es sino que es brutal, honesta, clara, directa, sagrada, imponente.

El programa que ha ofrecido esta noche la Orquesta Nacional consta de dos partes bien diferenciadas: una primera donde ha sonado Fratres y Tabula Rasa, y una segunda compuesta por Swan Song. Littlemore Tractus y Como cierva sedienta. Fratres es un pieza minimalista y delicada en la que el solista atribulado se enfrenta a una orquesta que lo conforta. Tabula Rasa es quizás una de las piezas más conocidas de Pärt, una conversación para dos violines y piano preparado con una orquesta de cuerda. Estas piezas son un ejemplo claro del tintinnabuli, el método de componer que el estonio construyó durante su larga crisis espiritual. Las piezas de la segunda parte son piezas para orquesta, la segunda también para soprano. Son piezas brillantes y solemnes donde también se adivina la búsqueda espiritual que vértebra la música de Arvo Pärt.

Describo el programa porque se supone que una crítica debe hablar sobre esto, pero tengo la convicción de que ello no dice nada sobre lo que ha sonado hoy, y aún sonará mañana, en el Auditorio Nacional. La música de Pärt es una música que tiene que ver con el encuentro, con la experiencia reconfortante de que debajo de la multiplicidad aparente de las cosas existe un sustrato fundamental de sentido y de belleza. El estonio es un hombre religioso y para los que son así no hay diferencia entre religión y vida. La música de Pärt forma parte de la misma búsqueda de trascendencia, de Dios, que el resto de su vida. Si escuchar a Arvo Pärt no es ponerse en oración, al menos sí que es presenciar una.

La representación de hoy ha contado con intérpretes excepcionales: John Storgårds al violín en Fratres y como director y Joan Espina y Javier Gallego como solistas en Tabula Rasa. Notable interpretación también la de Sylvia Schwartz en la pieza final.

Sin embargo, otro hecho destacado se ha hecho presente en la representación de hoy: la lamentable actuación del auditorio. La interpretación de  Tabula Rasa tuvo que ser interrumpida por dos sonidos diferentes de movil. El resto del silencio fue mancillado por un catálogo tan extenso de toses que para sí hubiesen querido los sanatorios de tuberculosos. Arvo Pärt salió a saludar al final porque es un santo; cualquier otro se hubiese marchado dando un portazo.

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