exposición – El arte de la cartografía

 

Alejandra Freymann, Miguel Marina y Javier Pividal
comisariada por Joaquín Jesús Sánchez
20 de septiembre – 10 de noviembre 2018 |ArtNueve

 

Un mapa es un objeto diseñado para contener el espacio a través de la descripción y de los símbolos. Movidos, primero por el miedo y luego por la ambición –alguna vez por el conocimiento–, generaciones de hombres midieron y conquistaron los territorios, armados con la escala, la brújula, el teodolito, el cálculo, el lápiz, la escuadra y la tinta.

El origen de esta disciplina se comprende con facilidad: no se puede habitar un lugar sin forma. Cualquier mundo necesita un centro desde el que se expandirse, una certeza desde la que decir delante, arriba, detrás y abajo. Hasta que los dibujamos, los lugares dan miedo¹. Cada época escoge su eje y sus cartógrafos lo justifican. Ningún mapa –ninguno de sus artífices– es (por suerte) inocente; y cada elección, como cada omisión, no solo nos ha legado una imagen del espacio, sino también del tiempo en que fue compuesto.

Los instrumentos de la ciencia son muy persuasivos: aplicados a entes imaginarios, pueden hacerlos verosímiles. El cielo, los círculos concéntricos hasta el motor inmóvil, la morada de Dios (que se llama Empíreo), las ciudades ficticias que ha engendrado la literatura, el inframundo de varias religiones y dónde hallar sus entradas, la Atlántida o el paraíso terrenal se han cartografiado. Solo un concepto muy estrecho de realidad entendería que estos mapas son falsos. Estos, que existen, se ocupan de asuntos más triviales: planes de ataque tramposos para confundir al enemigo o rutas inexistentes. También hay mapas que representan horas o días, como los que reproducen batallas. (En realidad, cualquier frontera es una representación cronológica). Todos –los alegóricos, los militares, los mudos, los que tienen forma de animal, los que encierran algún secreto, los que señalan dónde hay dragones– son igualmente arbitrarios y conjeturales. La razón es simple: no sabemos qué cosa es el mundo².

Las semejanzas entre el arte y la cartografía son evidentes. Las más descaradas son, sin duda, las propagandísticas. Los mapas han servido para el exhibicionismo de los gobernantes tanto como los retratos ecuestres, las alegorías históricas, las pinturas de batallas o los tapices piadosos. Más sutil es su parentesco en el uso de la escala, del color, de la perspectiva, de los símbolos y de la imagen. Este perro significa «fidelidad», aquel dibujo quiere decir «ciudad»; el azul es el frío y la altura; una escena queda contenida por el marco, por la terra incognita.

Podemos decir que la cartografía es una ciencia que, a veces, produce objetos artísticos. Por otro lado, hubiese sido difícil sustraer al arte la idea de una imagen portátil del mundo.

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Esta exposición abunda en estas coincidencias a través de la obra de tres artistas contemporáneos en los que podemos rastrear, de modo más o menos inmediato, juegos de escala, códigos, descripciones, las profundidades, la altura o las narraciones. Los soportes son variados: los mapas a veces son bolas, tapices, rollos, pantallas o papeles plegados. Este texto no justifica la selección de las obras ni su disposición. Eso sería restrictivo. Ofrece, simplemente, unas coordenadas.

 

A map is an object designed to contain a space by means of description and symbols. Moved firstly out of fear and later out of ambition –at times even moved by knowl- edge, many generations have measured and conquered territories, using scales, compass- es, theodolites, calculations, pencils, squares and ink.

The origin of the discipline is easy to under- stand: A space without a shape cannot be inhabited. Any world requires a center from which it can expand, a certainty from which one can move forward, up, down and behind. Until we draw them spaces are frightening¹. Each period of time chooses its own axis justified by its cartographers. No map – and none of its makers- (fortunately) is innocent; and each choice, as much as each omission, has not only handed down the image of a space, but also that of  the time in which it was made.

The instruments of science are very persuasive:  applied to imaginary entities   they may make them seem real.  The sky, from concentric circles to the motionless engine, the dwelling place of God (called Empyrea), the ficticious cities that generated literature, the infra world of several religions and where to find their entry, Atlantis or the earthly paradise, it all has been mapped. Only a very narrow concept of reality would view these maps as false. Such maps, and they exist, are only concerned about trivial issues like misleading plans of attack, to confuse the enemy or non-existing routes. There are also maps that represent hours and days, like those that reproduce battles. (In fact, any frontier is a chronological representation). All maps, be they allegorical, military, mute, in animal shape, hiding a secret, showing where to find dragons, they are all equally arbitrary and conjectural. The reason is simple: we don’t know what the world is about².

The similarities between art and cartography are clear. The most daring are undoubtedly propaganda maps. Maps have served as much as a means of exhibitionism to the governing classes, as equestrian portraits, historic allegories, paintings of battles or pious tapestries. Subtler is its similarity in the use of scale, color, perspective, symbols and image. This dog means “fidelity”, that drawing means “city”; blue is cold and high up; a scene is contained by its frame, by the terra incognita.

We can say that cartography is a science that at times produces artistic objects. On the other hand it would have been difficult to bereave art of the portable image of the world.

This exhibit deepens in these types of coincidences through the work of three contemporary artists in which we can trace more or less immediately a play of scale, codices, descriptions, depths, altitude and narration. The supporting materials are varied: maps may be globes, tapestries, scrolls, screens or folded papers. This text does not justify the selection of the works, nor its placement, which would be restrictive. It simply offers some coordinates.

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¹ El cartógrafo, Juan Mayorga.
² El idioma analítico de John Wilkins, Jorge Luis Borges.

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