Una recopilación de clichés

imprimatur

Hay temas que son agradecidos. Por ejemplo, la censura. Decir que está muy mal que a la gente no se le deje decir lo que quiera es una afirmación poco arriesgada, pero uno se gana simpatías. Se puede remachar esta victoria moral citando, por ejemplo, a la Inquisición. Así lo hace la primera cartela con la que el espectador se da de bruces en Imprimatur («es el término latino –que se traduce como imprímase– con el cual el Tribunal de la Santa Inquisición aceptaba la publicación de un texto), la exposición de Montserrat Soto en Alcalá 31, comisariada por Alicia Murría.

La muestra presenta una gran pinacoteca (composiciones fotográficas) de alusiones a libros, a santos y a un buen pedazo de la historia del arte occidental: de la Edad Media a la Ilustración, con una pirueta final hasta la era digital. Estas fotografías, que reúnen hábitos de dominicos, ordalías, manos con libros, vanitas, lo mercedarios de Zurbarán y brazos de santos, dialogan con dos reconstrucciones de dos procesos históricos contra dos personajes conocidísimos: Galileo Galilei frente al Santo Oficio y Francisco de Goya sufriendo presiones mientras trabajaba en El Pilar.

Las composiciones fotográficas recuerdan –para que usted se haga a la idea– a El Archiduque Leopoldo Guillermo en su galería de pinturas, el cuadro de Teniers. Otras son un mosaico de fragmentos que reproducen un mismo motivo. Un juego parecido al Museo Imaginario de Malraux, pero monotemático. Compulsivo. El texto de la comisaria de la exposición afirma que «Soto incide en la manera en que se ha construido nuestra herencia cultural, de la memoria, y también de su ausencia, de lo que no fue autorizado, de lo que fue borrado, de la censura y de la autocensura». De ahí la acumulación de imágenes –las referencias al museo como dispositivo de exhibición y legitimación–, de libros –la imprenta, el texto–, de santos –el poder censor de la Iglesia–. Todo ello, hilvanado por unos cartelones que marcan, en el suelo y en el techo, el recorrido de la exposición: lo que ves, lo que no quieres ver, lo que no quieren que veas.

Lo que resulta de todas estas intenciones es, sin embargo, un ejercicio de reduccionismo. Las fotografías de Montserrat Soto reducen siglos de arte a un ejercicio de propaganda del poder, olvidando –y quizás desdeñando– el resto. Olvida que una obra de arte es algo más que una simple enunciación de una consigna, y que, aunque es indudable que el poder político y eclesiástico emplearon el arte para manifestar su visión de mundo –si se quiere, para imponerla–, estas obras exceden, entonces y ahora, esta lectura tan estrecha.

Además, un ejercicio tan ambicioso quizás necesitaría más documentación al servicio del espectador y más finura discursiva e histórica que una simple reunión de postales. Al fin y al cabo, la exposición sostiene una tesis bastante sonora. No se demuestra nada. Simplemente se suceden ahora un santo Domingo, ahora una imagen de un libro, luego una cita muy solemne sobre lo importante que es la libertad (algunas aparecen como escritas en lápidas, para darles el empaque de mármol, imagino). Poner varias cosas juntas no es una argumentación. No es lo mismo la cruzada albigense que Anonimus y no pueden juntarse estos dos elementos así como así. El título y la justificación del título (por medio de una cartela) ya me puso en alerta: aunque el Índice de libros prohibidos sí dependió de la Inquisición, el imprimatur corresponde al ordinario del lugar (al obispo), ¡pero una vez que ha pasado la censura! (el censor eclesiástico emite una autorización llamada nihil obstat –nada impide–).

Sería deseable que una exposición de estas características (en un espacio institucional, etc.) no fuese una retahíla de lugares comunes. Si una exposición pretende convencernos de una tesis, debería aportar los argumentos necesarios para ello. No vale con mentar a cuatro fantasmones del pasado. No vale con pensar que el arte es pura consigna. Aunque esta exposición sí lo sea.

IMPRIMATUR
Alcalá 31
21 de junio – 5 de agosto